Tres pequeños satélites de la NASA ensayan nuevas formas de moverse, observar y operar en órbita
ASCENT, SPRITE y SSPICY comparten lanzamiento, pero no propósito: uno combina dos sistemas de propulsión, otro explora procesos ultravioletas en las galaxias y el tercero se acercará a satélites inactivos. El programa muestra el creciente papel de las plataformas pequeñas como bancos de prueba orbitales.
Un cohete Falcon 9 de SpaceX despegó el jueves a las 11:32, hora de verano del Pacífico, desde el Complejo de Lanzamiento Espacial 4 Este de la Base de la Fuerza Espacial Vandenberg, en California. Entre las cargas de la misión compartida Transporter-18 viajaban tres naves respaldadas por la NASA, destinadas a experimentos de propulsión, astrofísica e inspección orbital.
NASA Blogs lo comunicó el jueves, 1 de octubre. Aunque los vehículos llegaron al espacio en el mismo cohete, no forman una constelación ni dependen unos de otros: representan tres estrategias distintas para aprovechar satélites compactos como plataformas científicas y tecnológicas de menor coste.
ASCENT Propulsion Dual Mode CubeSat intentará demostrar que una sola nave pequeña puede obtener las ventajas de la propulsión química y de la electropulverización. Un propulsor químico proporcionará la respuesta más enérgica que requieren determinadas maniobras, mientras cuatro micropropulsores eléctricos se ocuparán de movimientos más suaves y precisos.
La innovación central no reside únicamente en instalar ambos sistemas, sino en alimentarlos desde una reserva común de combustible ASCENT, sigla de Advanced Spacecraft Energetic Non-Toxic. Según la agencia, este compuesto de baja toxicidad es más seguro de manipular durante la preparación en tierra y ofrece una densidad de impulso específico un 50% superior a la de propelentes convencionales como la hidracina.
Para un CubeSat, evitar depósitos y circuitos duplicados puede ser decisivo. El espacio interior que no se dedica al sistema de propulsión queda disponible para sensores, comunicaciones o energía. Al mismo tiempo, disponer de un empuje químico relativamente fuerte y de otro eléctrico más delicado permitiría combinar cambios rápidos de órbita con mantenimiento de posición y ajustes finos.
El Centro Marshall de Vuelos Espaciales dirige el proyecto junto con el Instituto Tecnológico de Massachusetts, el Instituto Tecnológico de Georgia y Rubicon Space Systems, una división de Plasma Processes. La prueba deberá determinar no solo si cada propulsor funciona, sino si el depósito y el sistema de alimentación compartidos responden de forma estable durante operaciones sucesivas en el entorno espacial.
SPRITE aborda una pregunta muy diferente. El CubeSat, cuyo nombre procede de Supernova Remnants and Proxies for ReIonization Testbed Experiment, fue desarrollado por el Laboratorio de Física Atmosférica y Espacial de la Universidad de Colorado Boulder y está financiado por la División de Astrofísica de la NASA.
Será el primer CubeSat astrofísico de la agencia preparado para detectar una franja concreta de luz ultravioleta que la atmósfera terrestre impide estudiar desde observatorios de superficie. Esa capacidad permitirá seguir el movimiento del gas, el polvo y la radiación de alta energía dentro de las galaxias, así como la fracción de radiación que logra escapar hacia el espacio intergaláctico.
El objetivo de fondo es comprender mejor la reionización, una etapa decisiva en la evolución cósmica. El universo temprano estuvo cubierto por gas neutro que dificultaba la propagación de la luz; la radiación de las primeras estrellas y galaxias modificó ese medio hasta volverlo ionizado. SPRITE buscará indicios comparables en regiones de formación estelar y restos de supernovas de la Vía Láctea y sus proximidades.
La misión científica está prevista para un año. Pese a medir aproximadamente 34 centímetros de largo por 23 de ancho y alto, el aparato incorpora detectores sensibles, recubrimientos especiales para los espejos y un diseño telescópico poco convencional. Si estas soluciones mantienen su rendimiento en órbita, podrán reducir riesgos técnicos en futuros observatorios ultravioletas de mayor tamaño y coste.
SSPICY, la tercera misión, se concentra en el encuentro con objetos que ya no funcionan. Starfish Space operará la nave Otter 24C para aproximarse a un máximo de cuatro satélites inactivos de origen estadounidense en órbita baja. Sus instrumentos tratarán de caracterizar la superficie, la geometría y el movimiento orbital de blancos que no podrán colaborar con la maniobra.
La nave utilizará propulsión nueva, guiado autónomo, navegación mediante visión artificial y una pluma robótica articulada capaz de orientar el empuje. Acercarse a un satélite fuera de servicio exige reconocer su posible rotación y evitar que un error de cálculo provoque una colisión. Las inspecciones comenzarían en 2027 y el programa operativo tendría una duración aproximada de dos años.
Los resultados no equivaldrán todavía a demostrar una reparación, un repostaje o una retirada de residuos espaciales, pero pueden aportar la información necesaria para planificar esos servicios. También plantean cuestiones de regulación y responsabilidad: la inspección cercana de objetos orbitales requiere reglas claras sobre autorización, intercambio de datos y seguridad. En esta prueba, la elección de aparatos de origen estadounidense reduce parte de esa complejidad.
El transporte compartido completa la lógica de las tres misiones. Al repartir el coste del Falcon 9 con otras cargas públicas y comerciales, la NASA puede ensayar tecnologías sin contratar un lanzamiento exclusivo, aunque acepta menor flexibilidad sobre calendario y órbita. Maverick Space Systems apoyó la integración, y la iniciativa CubeSat Launch Initiative había seleccionado SPRITE en 2021 y ASCENT en 2024. El éxito se juzgará por la calidad de los datos y, sobre todo, por la posibilidad de trasladar estas capacidades a misiones operativas más exigentes.