Las quemas prescritas pueden marcar la diferencia entre la supervivencia y la muerte de una secuoya gigante cuando un incendio extremo alcanza su bosque. Una investigación financiada por la NASA concluyó que los ejemplares situados en áreas sometidas previamente a fuego controlado tuvieron casi cuatro veces más probabilidades de sobrevivir que los de zonas sin ese tratamiento.

NASA Blogs informó sobre el estudio el lunes 20 de julio. El trabajo científico apareció el 11 de julio en Nature Communications y se centró en los daños ocasionados durante las temporadas de incendios de 2020 y 2021 en los parques nacionales de Sequoia y Kings Canyon, en California.

El equipo examinó información correspondiente a 26.403 secuoyas gigantes distribuidas en 19 arboledas. Para reconstruir lo sucedido, combinó datos lidar, mapas con la ubicación de los troncos, imágenes de alta resolución y modelos de mortalidad. La integración de esas fuentes permitió comparar árboles y sectores con distintas historias de manejo forestal.

Los cálculos indican que las quemas prescritas evitaron la muerte de aproximadamente 1.800 secuoyas. Hasta ahora, la utilidad de la técnica estaba ampliamente aceptada entre gestores y especialistas, pero buena parte de las pruebas procedía de observaciones locales o de experiencias acumuladas sobre el terreno. El nuevo análisis aporta una estimación amplia y cuantificable.

La secuoya gigante posee un área natural excepcionalmente restringida: solo crece de forma silvestre en arboledas de la vertiente occidental de Sierra Nevada. Puede superar los 90 metros de altura y alcanzar más de nueve metros de diámetro. Algunos individuos han permanecido en pie durante milenios, como archivos vivos de cambios climáticos, incendios y transformaciones del paisaje.

Estas coníferas no son ajenas al fuego. Su corteza gruesa ofrece aislamiento y los incendios moderados abren claros, reducen la competencia vegetal y exponen suelo mineral donde las semillas pueden germinar. Sin embargo, la adaptación a fuegos recurrentes no garantiza protección frente a incendios muy intensos que queman las copas o mantienen temperaturas elevadas alrededor del tronco durante largos periodos.

La exclusión sistemática del fuego durante décadas cambió el equilibrio de numerosos bosques. Arbustos, árboles jóvenes, ramas y madera muerta se acumularon en el suelo, formando una continuidad de combustible desde la superficie hasta las copas. Bajo condiciones de sequía, calor y viento, ese material puede convertir un incendio superficial en un episodio capaz de superar las defensas de árboles monumentales.

Las quemas prescritas buscan reducir esa carga antes de que llegue la peor situación. Se realizan dentro de perímetros preparados y bajo límites concretos de humedad, temperatura, viento y estado del combustible. El propósito no es eliminar toda la vegetación, sino recuperar incendios de menor intensidad que consuman parte del sotobosque sin causar una mortalidad extensa.

La magnitud de la crisis quedó reflejada en 2020 y 2021. En esos dos años ardieron en California 6,8 millones de acres, cerca de 2,75 millones de hectáreas, una cifra récord. Los incendios destruyeron alrededor del 19% de toda la población madura de secuoyas gigantes presente en su área de distribución, una pérdida especialmente grave por el tiempo necesario para que un árbol joven alcance dimensiones comparables.

La desaparición de una secuoya antigua repercute mucho más allá del propio ejemplar. Estos árboles almacenan grandes cantidades de carbono, intervienen en los procesos hidrológicos y generan refugios para aves, insectos y pequeños mamíferos. Sus troncos, cavidades y enormes copas aportan una arquitectura que no puede reconstruirse rápidamente mediante una plantación convencional.

El fuego controlado, no obstante, también exige decisiones difíciles. El humo puede deteriorar temporalmente la calidad del aire y afectar a poblaciones vulnerables. Además, los equipos necesitan jornadas con condiciones meteorológicas adecuadas, personal suficiente y planes para evitar que las llamas crucen las líneas de contención. Esas ventanas operativas pueden reducirse en años cálidos y secos.

Quienes defienden el uso de estas quemas señalan que la alternativa no suele ser un paisaje permanentemente libre de fuego. Con frecuencia, la comparación real es entre una operación planificada y de intensidad limitada o un incendio descontrolado que genera más humo, pone en peligro viviendas y consume combustible acumulado de forma simultánea. Las prácticas indígenas de quema cultural ofrecen además un antecedente histórico de gestión deliberada del fuego en California.

El componente tecnológico amplía el alcance del estudio. El lidar describe la altura y la estructura tridimensional del bosque, mientras que las imágenes detalladas ayudan a reconocer daños en las copas. Al relacionar esos datos con la posición de los troncos, los investigadores pueden evaluar la respuesta de una especie concreta y no solo clasificar grandes superficies como quemadas o no quemadas.

La metodología puede resultar útil en otros bosques antiguos del planeta, donde unas pocas especies dominantes sostienen funciones ecológicas desproporcionadas. Medir la severidad media de un incendio no siempre revela si sobrevivieron los árboles de mayor edad o valor biológico. La observación de alta resolución permite comprobar qué tratamientos protegen realmente esos elementos irremplazables.

Los resultados tampoco ofrecen una receta idéntica para todas las arboledas. En lugares con combustible excesivo o pendientes complejas puede ser necesario retirar vegetación mecánicamente antes de introducir fuego. Como la biomasa vuelve a crecer, una sola intervención puede perder eficacia con el tiempo y requerir tratamientos periódicos.

La investigación sitúa así la prevención en el centro de la conservación. En un clima que favorece sequías más severas y temporadas peligrosas, esperar a que comience un gran incendio limita las opciones. Reducir combustible con antelación, observar los resultados desde tierra y aire y adaptar cada plan al territorio podría decidir si las secuoyas milenarias continúan dominando Sierra Nevada o quedan reducidas a poblaciones fragmentadas.